María de los Reyes González

María de los Reyes González

Arteterapia y Neurociencias

8 de septiembre de 2021

Las emociones en los niños

¿Alguna vez has imaginado cómo será tu hijo o hija cuando sea un adulto? Tal vez hayas fantaseado visualizándolo, siendo un hombre o una mujer, moviéndose por el mundo de forma autónoma, realizando alguna tarea o teniendo un empleo exitoso relacionado con aquello que hoy parecen ser sus mejores habilidades. Quienes acompañamos la crianza de un niño o niña, sabemos que esta tarea tiene en sus cimientos nuestro más genuino deseo de lograr que ese pequeño, en un futuro, se transforme en un adulto feliz y exitoso. 

Buscamos una buena escuela, esperamos que aprendan a leer y a escribir, a razonar las matemáticas, a conocer las ciencias, a hablar y comprender otros idiomas entre otras tantas otras cosas. Invertimos muchas horas, dinero y esfuerzo para ofrecerles todo lo que esté a nuestro alcance con el objetivo de que puedan estudiar e incorporar la mayor cantidad de conocimientos.

Muchas veces nos limitamos a condenar las conductas de nuestros hijos/as, pero enseñar no es lo mismo que castigar.

Hacemos esto porque sabemos que les será útil para la vida, pero también, porque vivimos en un tiempo en el que nuestros pensamientos, nuestros saberes académicos son sobrevalorados por sobre otros aspectos constituyentes de los seres humanos. Así es como muchas veces, atravesados por el reinado de la cultura de la razón, desatendemos un aspecto fundamental que necesitarán trabajar para alcanzar esa vida que soñamos para ellos: Las Emociones. 

Evolución de las Emociones

Desde los primeros días de vida, e incluso antes de haber nacido, los humanos experimentamos emociones. Podemos ver cómo un bebe manifiesta de forma innata alegría al ver la cara de su mamá o se tensiona y llora frente a un rostro desconocido. Los niños también tienen la necesidad de expresar de forma instantánea e impulsiva sus emociones, pero los adultos sabemos que, como seres sociales, no podemos permitirles funcionar de esa manera por siempre y que tenemos que enseñarles nuevas formas para regular esos aspectos tan primitivos de los humanos. Muchas veces nos limitamos a condenar las conductas de nuestros hijos/as, pero enseñar no es lo mismo que castigar y así nos perdemos de dar un paso más y ver qué se esconde detrás de esa emoción. 

Muchos de nosotros no nos hemos criado en entornos en los que se nos enseñó a trabajar y gestionar nuestras propias emociones. Incluso, quizás algunos pretendamos hacer algo bastante diferente de lo que han hecho nuestros padres cuando fuimos niños y nos sentimos totalmente abatidos, sin un modelo a seguir, arrasados frente a la emoción de nuestros hijos.  No parece haber demasiados problemas cuando esas emociones son las que conocemos como positivas. Si nuestros niños sienten alegría, probablemente no tengamos mucho para cuestionarnos. Pero ¿qué sucede cuando aparecen aquellas emociones que tienen tan mala fama como el miedo, la tristeza, la ira o el asco? Muchas veces no sabemos qué hacer, no contamos con recursos, entonces las evadimos, las negamos, las disfrazamos o incluso sin querer, a veces las condenamos. Quizás por desconocer el papel fundamental que ellas cumplen al ser una puerta de acceso al autoconocimiento y ofrecerles la posibilidad de evolucionar, desarrollando herramientas para tolerar frustraciones y situaciones adversas. 

Inteligencia Emocional

Solemos pensar en la inteligencia de forma racional como la capacidad de adquirir, retener información o de resolver diversos problemas. Sin embargo, esa solo es un tipo de inteligencia: la inteligencia cognitiva, esa que podemos medir con un coeficiente intelectual.  Pero no es la única que tenemos. Hay otras, varias, y entre ellas la Inteligencia Emocional. Ésta no sólo nos permite percibir, valorar, expresar las emociones propias y de los otros, sino también nos otorga la capacidad de gestionarlas.

Es importante que tengamos en cuenta que muchas veces, del mismo modo que lo hacemos los adultos, los niños necesitan enmascarar y disfrazar algunas emociones.

Como toda inteligencia, requiere ser estimulada, trabajada, por eso como les pedimos a nuestros hijos que pasen muchas horas estudiando, ejercitando tareas escolares, del mismo modo sería bueno que los ayudáramos a estimular su inteligencia emocional. En primer lugar, porque ninguna de esas tareas sería posible sin las emociones. Ellas son las principales aliadas en los procesos de aprendizaje y, en segundo lugar, porque son la base de las habilidades sociales que les van a posibilitar una vida plena con ellos mismos y con su entorno. Es por ello que debemos ayudarles a que puedan desarrollar el autocontrol, la empatía, la gratificación postergada, el entusiasmo, y a gestionar el aburrimiento y la angustia. 

No existen recetas únicas ni mágicas para estimular la inteligencia emocional. Simplemente porque no existen dos niños o niñas iguales, ni dos vidas repetidas, es que debemos estar atentos al momento en el que ellos nos ofrezcan la posibilidad de trabajar sobre cada una de esas destrezas. Sabiendo que lo mejor que podemos hacer frente a la emoción de nuestros hijos es ayudarlos a observarlas, a reconocerlas, a ordenarlas sin empujarlas, a transitarlas, aun cuando ese proceso resulte incómodo. Aceptar que están ahí, evitando minimizarlas o racionalizarlas instantáneamente. Preguntándoles qué sienten, ayudándolos a que puedan alfabetizarlas como sea, con las palabras que puedan, acompañando y aceptando el valor penetrante que puedan tener para ellos.

En este proceso es importante que tengamos en cuenta que muchas veces, del mismo modo que lo hacemos los adultos, los niños necesitan enmascarar y disfrazar algunas emociones. A veces no podrán decir con honestidad lo que sienten, y nos hablarán de otras cuestiones, o pondrán el foco en algún hecho secundario. 

El arte. Una vía de acceso 

El juego, el dibujo y la literatura infantil nos ofrecen recursos inmensurables, en tanto vías de acceso a esa profundidad. Dibujar aquello que sienten, actuar las emociones camuflados en la interpretación del rol de ¨alguien o algo¨, escuchar o leer en un libro lo que le sucede al personaje, identificándose con él, son los mejores recursos que podemos ofrecerles como vías de escape, pero también de acceso a sus emociones. Debemos saber que necesitan tiempo, escucha y sobre todo saberse respetados y no juzgados, para entonces bajar la guardia y apropiarse de aquello que sienten de forma genuina. 

Pero he aquí la parte más difícil de nuestra tarea como padres y madres, porque debemos en paralelo poder realizar ese trabajo también en nosotros mismos, preguntándonos y reconociendo qué nos sucede con eso que están sintiendo ellos. 

Un proceso compartido

Escuchar o ver a nuestros hijos o hijas pegar, romper o llorar, mientras nos cuentan algo super triste, despierta en nosotros emociones que muchas veces si no las trabajamos, nos dejan sin palabras, sin recursos, llevándonos a tener una reacción tan impulsiva como la de ellos en sus primeros años. 

Entonces ¿qué podemos hacer? En primer lugar, saber que tu hijo no espera que seas un robot, puedes necesitar algo de tiempo para poder tramitar el torbellino que ellas generaron en ti y es necesario que puedas dártelo, para entonces poder estar disponible para acompañarlos. Otras veces, puedes transitar tu emoción junto con ellos, poniéndole tú también palabras a lo que sientes ante esa situación, pero consciente de tu rol como adulto responsable de ser su guía emocional, mostrándoles la manera de gestionar y controlar sus efectos. 

Cuando aceptamos nuestras emociones y las de nuestros hijos/as, podemos dar el gran salto porque logramos entender qué hay detrás de ellas, ya que nunca vienen solas. Siempre nos plantean una situación, nos traen información. Si les abrimos la puerta -en vez de atrincherarnos frente a ellas-, ofreciéndoles a nuestros hijos que entren de nuestra mano, sin miedo a sentir aquello que se presente, y trabajamos junto a ellos en descubrir qué hay detrás de aquello que están sintiendo, los estaremos guiando para que logren desenmarañar el verdadero origen de esos sentimientos. Cuando los ayudamos a lograr que razón y emoción se encuentren sintiendo, pero a la vez pensando en aquello que sienten y en lo que harán con esos sentimientos, estaremos estimulando su inteligencia emocional, ayudando a que esas emociones negativas no se acumulen y generen frustraciones y evitando que se traduzcan en una conducta impulsiva y desorganizada. Pero, sobre todo, habremos cumplido nuestra tarea: colaborar en la construcción de los dos pilares fundamentales e inseparables entre los que deberán moverse y sostenerse esas personitas en un futuro, la razón y la emoción. 

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